Sobre

Llego a este libro, desde su mismo título me enfrentó a dos palabras de notable consistencia, la primera, porque me lleva irremisiblemente a un Río, primordial, propio, como sospecho que también lo es para el autor: el Plata, el río sin orillas. Y la otra, que me evocó, sólo en principio, el título del poemario del mexicano David Huerta (Ciudad de México, 1949), contemporáneo de Alemán y confluyente en cuanto a preocupación política desde su participación en el movimiento estudiantil que culminó con La noche de Tlatelolco en 1968. Quisiera citar un fragmento de ese Incurable, porque encuentro como ecos de algo que habita también (con las diferencias obvias de estilos) los poemas de Alemán.


Mundo de signo y de silencio, mundo manifestado, 

con sus seres atados y sus congelamientos al borde, su

derramamiento neutro, 

su orilla abstracta, su cartílago ciego. 

Mundo de ser, de no-olvido, establecimiento de ruina y

llamarada. 

Mundo de olvido, un revés negro, barnizado con los datos de la

proximidad, 

temblor del no-ser: cajas transparentes atraviesan las orillas del

incendio como almendras cargadas de sentido, 

un sentido de mundo en regreso, un retorno enmascarado


David Huerta, Incurable (Era, 1987)



Y ahora, Río incurable, poesía-prosa, pero no prosaica, sino sucesión de fragmentos, testigos de la imposible totalidad, entrevisiones, manifestación de la incompletud. Y suma de las negaciones que se van desgranando en el recorrido: incurable, imporfanable, indiferente, irreductibles, impronunciable, inconmensurable, incondicionales, como expresiones de la negatividad algo así como un parti pris asumido y necesario. Por ella se puede constatar la ausencia constatada en la presencia de la letra que al nombrarla, rodearla, aludirla, la hace concreta, altamente percetible.

La indiferencia sirve a ver una actitud de distancia, como de ajenidad y a la vez de lo que va, de algún modo, a lo mismo, no diferencia en la común condición, pero tampoco identidad, en todo caso repetición, que desde luego es inseparable de diferencia.

Impronunciable: Lo que no puede pronunciarse queda ligado al silencio entramado en los peomas, sea explicitado, asociado a vacío, lugar ausente (donde habita el amor) y por eso, ausencia de lugar (qué amor habita en ese lugar, cómo se ha ausentado, estuvo siempre ausente, y/o —disyunción no excluyente en el lenguaje poético— es la ausencia que se liga a un tiempo). ¿Es la patria el lugar ausente de la experiencia del sujeto donde habita el amor?

Hay en los poemas una segunda persona, que se configura como la mujer que parece la imagen del desencanto, no amor imposible, como se dice, sino imposibilidad de amor hacia ella, rota, ida. Pero esa segunda ¿persona? no queda en tal mujer, solo sueño tal vez, o realidad perdida, perdida en el borde de una utopía, o, casi un sinónimo, desde siempre. O es un otro, semejante (amigo, destinatario, mon semblable, mon frêre “amigo mío”), es un nombre asociado a la distancia, ¿es la patria a la que se le habla?

Paisaje y muerte. El paisaje, lo sabemos, no es naturaleza, sino naturaleza intervenida por el hombre, y como paisaje y no naturaleza ilimitada, tiene indefectiblemente un horizonte que es el límite ahí donde lo que sucede es el más allá, sin “horizonte alguno”, el atisbo del más allá, exilio (en el sentido de Franco Rella pero no exclusivamente), confronta con la muerte pero también con lo indecible (el horror) pero insiste. “En la opacidad silenciosa de la vida desnuda” dice Franco Rella en Palabras desde el exilio (134)… “buscar una historia significa trabajar pacientemente los confines para trasformarlos en tránsitos y en pasajes: en umbrales … con una posible finalidad: “capturar y comunicar que el confín mismo que ahora parece insuperable no es el último confín”

Lo innombrable (I can't go on, I'll go on de Beckett) sólo se puede custodiar, la “misteriosa custodia”, lo resguarda, lo mantiene en esa zona donde se preserva lo sagrado expuesto en signo, donde el fuego testimonia su presencia (la lámpara encendida), y como signo habla de una presencia inefable.


Apenas se empiezan a leer los poemas, dos imágenes acuden con toda su carga significativa (en sentido literal y en todos los sentidos), el Padre y el Hijo, este cayendo al río, y como un Moisés, es salvado de las aguas, para cumplir un destino figural (según Eric Auerbach, hecho que prefigura otro), el de Jesucristo, primogénito salvado de la noche asesina de Herodes, también aludido en “el Rostro” o “el Maestro”; encarnación (su caída en lo humano), en “la verdad de los remolinos fugaces”, el verdadero pescador de los peces para los que no basta el anzuelo solitario del Padre, quien tiene que preservarlo para la Madre, para que la Mujer sea eso, la Mujer, necesaria, la virgen peronista a la que se ora.

El Padre no es el Amo idiota, sino su opuesto, habilita la dimensión que el Hijo habita para en la memoria proteger la fuerza redentora. Su mandato, en el puente, intento de unir lo separado, se cifra (y cifra no deja de mencionarse en estos poemas) en Luche y vuelve. Las oscilaciones —que el propio autor menciona— entre el castellano rioplatense y el idioma madrileño, habilitan las lecturas de la consigna preñada de tiempo: luche usted y vuelva usted, luche usted y vuelva él (el Salvador, el Redentor, el hombre que soporta los significantes de la bienaventuranza). Además de expresar lo que una consigna política tiene de valor performativo, palabra que es acto, remite a “la verdad de los remolinos fugaces”, vistas en el momento de la salvación de las aguas que por otra parte van a cerrarse, como las del Mar Rojo, guardando para siempre los cuerpos que soportaron ese discurso, luche y vuelve: luche usted, luchemos nosotros y vuelve, él, ese gran Otro cuyo significado primordial era la salvación de este estado de cosas, de la caída (la original y las históricas). Pero además el “vuelve” se torna un imperativo cuando, adensado en el tiempo significa retorno al lugar que se ha dejado: volvé, diríamos nosotros, como también dijimos o fuimos dichos: luchá, conminación al acto.

Los silencios habitan entre palabras, en la distancia que media entre un poema y otro, grandes blancos entre irrupción e irrupción también devienen significantes constelando los significados encadenados en el puente fijo.

Río incurable no podía sino ser, como declara, una suma de conjeturas, los si condicionales habitan buena parte de los fragmentos, a lo que se suman las formas exhortativas e imprecaciones “Dame tu luz” (XLVIII), pero no faltan los enunciados taxativos, definitorios, formas que parecen remitir a la consigna Luche y vuelve, horizonte que habilita un umbral al que nos enfrentamos como posibilidad de experiencia.


Del pasado que retorna (poemas de entre 1970 y 1974). Segunda parte del libro.


En la disimilitud obvia, el tiempo, —y estos poemas están tensados de tiempo, tejidos en y con tiempo—, no pasa sin dejar su huella, pero es permanencia y cambio, cierto tono similar, aunque asordinado en los recientes poemas. La extensión de los poemas de los setenta por momentos cede a la concisión de los nuevos poemas. El asunto halla su metro (en tanto medida de texto) precisa. La alusión una vez más alude y elide, juega su papel para que en los intersticios se entrevea el sentido: fatal, recurrente, tortuoso, recto, insoslayable, incurable. Si curare (lat.) significa curar y se define como lo que no tiene enmienda ni remedio, es por su cualidad constitutiva, aquí reconocida, pero es también el límite que lleva a buscar la cura, a tentar la curación, a acentuar el cuidado de la herida que no cesa.


Colofón en otro registro: Río incurable.


Rìo, Yo río, me río, depara otra perpectiva: la de acudir al pensamiento riente, que según Marc Alain Ouaknin en El elogio de la caricia “es un pensamiento que desnuda de su sentido constituido. El pensamiento riente no propone ningún sentido definitivo o propio. El pensamiento riente habla siempre de lo transitorio. Es un pensamiento vagabundo y nómada que no sabe adónde va” (51). La risa de Abraham y Sara cuando Dios les anuncia que ya siendo ancianos (imposibilidad biológica) van a tener un hijo, ambos ríen. Génesis 17:15-17 y ​Génesis 18:11-15. Para Peter Berger esto “constituye la concepción cómica del mundo en el sentido más completo de la palabra. Es la visión del mundo al revés, burdamente distorsionado, y precisamente por esto capaz de revelar mejor que la visión convencional, directa, algunas verdades ocultas”. Decía Baudelaire en De la esencia de la risa y en general de lo cómico en las artes plásticas, (1855) que la risa: “es a la vez una muestra de infinita grandeza y de infinita miseria: de infinita miseria en comparación con el ser absoluto que existe como idea en la mente del hombre; de infinita grandeza en comparación con los animales. La risa procede del sobresalto permanente que generan estas dos infinitudes”. ´La risa, ligada a la caída, incurable, y emparentada con las lágrimas (hasta lloramos de risa), “es señal de una miseria tan grande como las lagrimas”, dice Baudelaire, el que “se arrojó a sí mismo al límite para dar un testimonio de este límite” (Rella, 46), pero también “afirmó que los fenómenos engendrados por la caída llegarán a ser los medios de redención”. Por eso (yo) río incurable.